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El Blog de Inteligencia Colectiva

Rubén Martínez Moreno

Quien mejor puede resolver los problemas es la gente afectada por ellos (Rubén Martínez)

Rubén escribe en su blog, “Ley Seca”, y en diversos medios sobre comunes, economías cooperativas, el sector cultural y políticas públicas, entre otros temas. Co-autor de libros como Rebeldías en común (Libros en Acción, 2017), Jóvenes, Internet y política (CRS, 2013) o Nuevas Economías de la Cultura (YP, 2009), investiga en el Instituto de Gobierno y Políticas Públicas (IGOP) de la Universidad Autónoma de Barcelona. Es miembro de La Hidra Cooperativa y de la Fundación de los Comunes.

En julio de este año defendió su tesis doctoral sobre la capacidad transformadora de respuestas alternativas a la crisis surgidas entre 2008-2015 en Madrid y Barcelona, después de indagar durante varios años sobre el rol que juegan los movimientos sociales y el papel del Estado en los cambios de las relaciones de poder que se dan en esos procesos, como parte de una agenda de investigación que él mismo ha reconocido como titánica.

Hace tiempo sigo las trazas que Rubén va dejando a través de agudos artículos y fogonazos en las redes. Simpatizo con su mirada crítica, la fluidez con que escribe sobre temas complejos, y su capacidad de descifrar en clave política lo que habita debajo de gestas sociales y culturales. Quería entrevistarlo porque sabía, como él mismo me confirmó, que no suele usar el concepto de “inteligencia colectiva” para interpretar los fenómenos sociales; pero, sin embargo, usa unas gafas para observar esos procesos que aportan perspicacia a mi búsqueda de esos patrones que hacen a los colectivos más inteligentes.

Sus respuestas fueron extensas y generosas. Había mucho material interesante en lo que me contó, así que me ha costado editarlo para que cupiera en un formato de blog más breve. El resultado de la conversación es jugoso, muy sugerente, así que espero que te guste:

AR: Para entendernos, Rubén, ¿cómo definirías tú la “Inteligencia Colectiva” (IC)?

La Inteligencia colectiva creo que se relaciona con lo de “el total es más que la suma de las partes”. Pero no lo imagino como un almacén donde depositamos nuestras destrezas, talentos y saberes a partir del cual fabricamos productos colectivos. Más bien, se trata de un espacio de interacción social continua donde las singularidades son los fines y no el origen de la acción. La Inteligencia Colectiva no es un método para producir mejor, sino un espacio de aprendizaje en el que nos entregamos a un proceso sin jerarquía de saberes para idear y tomar decisiones que pueden no coincidir con lo que haríamos individualmente. La Inteligencia Colectiva “nos saca de nuestras casillas”, con lo bueno y lo malo que eso conlleva.

AR: Me interesa esa idea de que la IC “nos saca de nuestras casillas”, ¿podrías desarrollarla más, por favor?

En un proceso de aprendizaje colectivo, lo que te da todo el crédito en una esfera institucional, puede no tener mucho valor. Imaginemos a un Doctor en Antropología que ha publicado artículos sobre la burbuja inmobiliaria y los desahucios en revistas científicas de alto impacto. Si se implica en un proceso de sindicación social (como un sindicato de inquilinos), tal vez esos saberes científicos acaban teniendo el mismo valor o incluso menos que su vivencia compartida como inquilino. Un proceso así te “saca de tus casillas” porque cambia tus principios sobre qué saberes tienen valor. No digo esto menospreciando a la academia, pero cuestiona su monopolio del saber y le lanza la difícil pregunta sobre qué saberes son útiles.

AR: ¿Qué ejemplos de éxito conoces de Inteligencia Colectiva (IC)?

Creo que todo lo que rodeó al 15M son buenos ejemplos o los sistemas comunales de gestión de recursos naturales que analizó Elinor Ostrom. Tuve oportunidad de conocer los montes comunales gallegos y me sorprendió algo que había leído en libros pero que de viva voz por quienes los desarrollan es todavía más sorprendente: la capacidad que tenemos para producir instituciones a partir de la mancomunación, intentando no dar un paso atrás en ese principio mutualista.

No es nada fácil. Casi todas las instituciones que nos rodean funcionan en la dirección contraria, insistiendo en la producción de sujetos individuales o, de forma más perversa, en la producción de colectividad a partir de un sistema meritocrático y excluyente. No digo que los sistemas comunales sean súper incluyentes y que no actúen los méritos individuales, pero ambas prácticas se problematizan continuamente. Esas formas de propiedad colectiva o de derechos de uso sobre el territorio han existido durante mucho tiempo y perseveran pese a que se intentan destruir por diversas vías. El ataque a los bienes comunes no es una consecuencia de las crisis, sino una condición necesaria para que el capitalismo amplíe sus circuitos de acumulación. Lo vemos continuamente en terrenos que son usurpados a comunidades indígenas del sur y que se entregan a grandes empresas del norte global.

Volviendo a la pregunta, hace tiempo participé en una investigación colectiva sobre comunes urbanos en Barcelona. Nuestra idea era mostrar diferentes prácticas de gestión comunitaria de equipamientos, suministros, etc. que se daban en Barcelona. Aprendimos muchísimo. Entre otras cosas, vimos que no había un marco normativo a escala municipal que diera cobertura a esas prácticas. Por decirlo fácil: a diferencia de las relaciones público-privadas, que han protagonizado todo el ciclo neoliberal, las relaciones público-comunitarias no se han practicado seriamente. Algunas de las personas que participamos en esa investigación, años más tarde montamos La Hidra Cooperativa. En La Hidra, junto a otras cooperativas y a espacios gestionados colectivamente, estamos trabajando con el Ayuntamiento de Barcelona para producir un marco normativo para los comunes urbanos. Es un tema complejo y sería largo de explicar, pero la apuesta es que el Ayuntamiento reconozca y apoye a prácticas colectivas que desmercantilizan la ciudad y producen sociabilidad. No reaccionando caso por caso, sino con un marco institucional y políticas de ciudad que reconozcan la potencia de esa ciudad cooperativa.

AR: Le doy la vuelta, ¿qué ejemplos de fracaso conoces de Inteligencia Colectiva? Piensa, por ejemplo, en situaciones donde los grupos manifiestan algún grado de estupidez colectiva en su forma de pensar y/o actuar colectivamente. O, si lo prefieres, cuando el impacto o los resultados conseguidos hayan sido significativamente peores que las expectativas creadas.

Creo que es difícil tipificar el fracaso o el éxito. En muchas ocasiones, igual no se alcanza el objetivo inicial, pero se produce un proceso que crea un espacio de enunciación potente. Incluso el objetivo de una práctica colectiva puede no ser lo que la haga socialmente relevante.

Pensemos en los inicios de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. ¿Se consiguieron garantizar públicamente la dación en pago o las 5 propuestas de la PAH? No. En ese sentido podría decirse que fue un fracaso. Sin embargo, ¿se consiguió socializar la deuda como un problema colectivo y no como una culpa individual? ¿se logró construir una demanda esencial, como es la garantía pública del derecho a la vivienda, y ponerla en rojo y mayúsculas en la agenda social? Sí. Ambas cosas fueron un éxito. Cambiar el imaginario sobre la existencia de un problema es la piedra angular de un proceso de cambio social.

Pensemos en WikiLeaks, que en su momento llenó montones de portadas de periódicos ¿Qué nos dice la aparición de todos esos documentos oficiales y lo poco que han afectado a la legitimidad de la NSA o la Casa Blanca? ¿WikiLeaks es un fracaso o es un éxito que muestra la capacidad de la acción colectiva? Es probable que esos fracasos no hablen tanto de la falta de efectividad de WikiLeaks o de otros procesos colectivos, sino de la resistencia que tenemos a los grandes cambios.

Jaron Rowan escribió un libro sobre memes y política donde hablaba de prácticas de estupidez colectiva que muestran una capacidad de agencia inaudita sobre procesos políticos. No hace falta que algo se muestre como serio, organizado y se autoidentifique como movimiento político para poder producir cambios sociales. A Jaron le parecía interesante que Anonymous tumbara la web de la Casa Blanca, pero sobre todo que eso lo consiguiera una organización social inesperada y más cercana al troleo que al activismo clásico. Es la estupidez colectiva consiguiendo un (relativo) éxito al desnudar a una institución que se supone cuenta con los mejores dispositivos de seguridad del planeta.

AR: Sí, tienes razón. A mí me está costando imaginar un modelo que explique cuándo un grupo se comporta de forma más inteligente. Por ejemplo, si tuvieras que pensar en una fórmula o algoritmo que capture, de forma resumida, un hipotético “Índice de Inteligencia Colectiva” – como se hace, por ejemplo, con el Coeficiente Intelectual, a escala individual – ¿cuáles serían las variables que, a tu juicio, influirían más?

Aquí veo muchos problemas, pero el principal es que no toda Inteligencia Colectiva la considero buena, ni siquiera deseable que ocurra. ¿Una patrulla vecinal para expulsar a migrantes del barrio es o no es Inteligencia Colectiva? Para la extrema derecha, seguro que sí. Pero, si no estamos de acuerdo con sus objetivos porque son xenófobos, ¿deja de ser un proceso de Inteligencia Colectiva? La verdad es que no lo sé, pero creo que a veces caricaturizamos a las personas que hay detrás de esos movimientos porque consideramos que son irracionales o estúpidas.

Otro ejemplo. ¿La gestión y control de algoritmos para producir valor en la bolsa es Inteligencia Colectiva? Igual sí, pero es una práctica que creo es socialmente devastadora.  Por otro lado, no sé qué factores pueden hacer a esos algoritmos más inteligentes, pero dudo que tengan algo que ver con lo que haría más “inteligente” a la práctica sindical de las kellys o a las asociaciones que quieren mejorar los lazos comunitarios en un barrio.

No sé cómo vas a tratar esa amplitud política , seguro que ya le has dado mil vueltas, pero a mí me produce mucha incomodidad el concepto de Inteligencia Colectiva. Los que son factores que producen mayor Inteligencia Colectiva para un segmento social, no tienen por qué serlo para otro. Lo que para un segmento social es estúpido e injusto, para otro puede ser considerado como un proyecto colectivo exitoso.

Para mí, la Inteligencia Colectiva más interesante es la que está detrás del sindicalismo laboral o social o, en general, de movimientos sociales emancipadores. Procesos que producen lazos sociales a partir de entender que un problema individual (una deuda hipotecaria, no poder pagar el alquiler, cobrar una miseria al mes) es siempre un problema colectivo. Sindicar fuerzas y construir capacidad de negociación colectiva, es crear poder.

Nos han educado para pensar que somos el producto de una serie de decisiones individuales que vamos tomado por elección racional, y que si somos emprendedores lograremos todo lo que queramos. Es un planteamiento seductor, pero falaz. Hay factores estructurales que condicionan nuestro desarrollo como sujeto y todo nuestro itinerario de vida. Factores como la clase, el género, la raza, tener o no un cojín familiar, etc. Para revertir las desigualdades que producen esos factores, hay que organizarse colectivamente para construir poder.

AR: En esa misma línea de complejidad que tan bien esbozas, si te pidiera una definición de “estupidez colectiva”, me pregunto si te valdría una definición como esta: “cuando un grupo toma decisiones o llega a juicios colectivos que van en contra de sus intereses”. Sé que parece un reto imposible, pero ¿dónde crees que deberíamos poner el marco de referencia para intentar discernir entre lo que es “estúpido” o “sabio” colectivamente?

Lo de “cuando un grupo toma decisiones o llega a juicios colectivos que van en contra de sus intereses” no me parece una mala solución, pero abre otros problemas. ¿Por qué hay procesos sociales reaccionarios que cuentan con tanto apoyo? ¿Por qué las clases precarias pueden decidir votar a partidos de derechas? ¿Por qué quienes peor viven se proyectan con las promesas de ascensor social que promete el capitalismo?

Es paternalista, pero sobre todo poco útil políticamente, pensar que hay estupidez o ignorancia en quienes tienen esas preferencias. Tal vez, parte del voto a Trump o a Bolsonaro proviene de gente muy harta con el establishment y la corrupción y encuentran una solución “radical” en ese tipo de opciones conservadoras y excluyentes. El desplome de las clases medias (o de esa promesa) produce miedo y reacciones de rabia. Señalar a un enemigo claro produce agregación y sensación de haber encontrado una forma de solucionarlo todo.

Carl Schmitt señaló el fundamento de lo político en la dicotomía amigo-enemigo. De la misma manera que la dicotomía entre lo bello-lo feo instituía a la estética, amigo-enemigo –según Schmitt– instituye a lo político. No hay nada estúpido en usar ese fundamento para convencer a gente con miedo que los inmigrantes son el problema y que la expulsión y el control de las fronteras son la solución. Tampoco creo que sea estúpida el conjunto de personas que compran ese diagnóstico y la penosa solución que se pueda derivar del mismo. Más bien, lo que muestra es la falta de otros proyectos políticos consistentes que puedan conducir esa indignación social hacia un terreno que también produzca deseo y agregación mayoritaria, pero sin por ello dinamitar la justicia social.

AR: Cambiando de hilo, me gustaría que me ayudes a discutir y contextualizar el término “eficiencia” dentro de las dinámicas y lógicas colectivas. ¿Te parece la “eficiencia colectiva” un atributo necesario, o imprescindible, para el éxito de estos proyectos, o crees que por la propia naturaleza de las dinámicas colectivas, deberíamos prescindir de ella y poner el foco en otros factores?

El concepto “eficiencia” también me produce mucha incomodidad. En la literatura del New Public Management (NPM) se usa constantemente la “eficacia” (capacidad por conseguir unos objetivos) y la “eficiencia” (capacidad para producir un proceso óptimo y sostenible que conduzca a dichos objetivos) para defender un enfoque economicista en el diseño e implementación de políticas públicas. Es muy tramposo suponer un carácter neutro en ese enfoque, que ha empujado a los gobiernos locales a funcionar como empresas.

El New Public Management defiende que lo más eficiente y eficaz es lo que menos costes económicos produce, y que la externalización de servicios a empresas es la solución más adecuada. Es terrible someter a los principios económicos de una empresa las formas complejas de gestionar lo público. Calcular la eficiencia usando parámetros económicos ha sido un dogma que ha penetrado en muchas administraciones públicas. Ha corrido en paralelo a la hora de entender a la ciudadanía como cliente y no como productora de sus formas de gobierno. Lo peor de todo es que se basa en ideas que no son ciertas. Un informe reciente del Tribunal de Cuentas Europeo ha cuestionado de manera tajante los beneficios que se suponía aseguraban las alianzas público-privadas. El Tribunal de Cuentas estatal concluyó que la gestión privada del agua es un 22% más cara que la pública. No veo la eficiencia por ningún lado.

AR: Bueno, entiendo que tengas manía al término eficiencia, pero a mí también me es difícil aceptar que los procesos colectivos deban descuidar los costes de trabajar juntos. No hay por qué, Rubén, dejarse atrapar por la interpretación economicista del NPM. Mi forma de poner en valor la eficiencia, en el contexto que a ambos nos interesa, es insistir en que deberíamos preocuparnos por disminuir lo que me gusta llamar los “desgastes evitables”. No hablo de optimizarlo todo, sino de preocuparnos también por co-diseñar procesos y mecanismos que nos ahorren frustraciones innecesarias. Y cuando digo “evitables”, es eso, que se pueden evitar si nos organizamos mejor, porque hay mucha gente que se queda fuera, y termina no participando, cuando esos costes se hacen insoportables, que es algo que ocurre más de lo que nos gustaría. ¿No te parece, Rubén, que es tan erróneo glorificar la eficiencia – o como se llame preocuparse por los costes que se incurren para conseguir un resultado – como ignorar que hay que gestionar mucho mejor?

Seguro que las prácticas de acción colectiva se pueden gestionar mucho mejor o, como decía, ser más justas, más igualitarias y más redistributivas. Y que se pueden mejorar los procesos teniendo en cuenta las prácticas anteriores y sus frustraciones o límites. Elinor Ostrom, a partir de su trabajo empírico, propuso unos principios de diseño de la gestión comunitaria viendo qué factores hacen más sostenibles a esas prácticas. Todos los principios están relacionados con la gobernanza democrática: quién decide y cómo; cómo se producen y cumplen las normas y las sanciones; cómo se relaciona una institución comunitaria con otras instituciones públicas o privadas de mayor escala; etc. No recuerdo ahora si Ostrom hablaba de eficiencia, seguramente sí.

AR: Según la investigación que estoy haciendo, parece ser que hay unos tipos de problemas o tareas donde la IC funciona mejor que en otras. ¿Intuyes que puede haber unos tipos de desafíos o “problemas” que se resuelven mejor por mecanismos de inteligencia colectiva?

Hay un principio democrático bastante presente en la literatura sobre municipalismo que igual es útil: la subsidiariedad. En resumen, que los problemas deben ser resueltos por la autoridad más próxima al problema. Pero igual es interesante llevar ese principio al límite, y pensar que quien mejor puede resolver los problemas, es la gente más próxima a ellos o la gente más afectada. No se trata de pensar que hay saberes virtuosos que nacen del dolor y la miseria que produce un problema. Más bien, se trata de asumir que quienes lo padecen, conocen no solo las necesidades que tienen, sino también los límites de las soluciones más estandarizadas.

No sé si siempre es mejor resolver un problema de manera participada, pero si la solución no pasa por quienes más les afecta, difícilmente va a poder resolverse. El principio de subsidiariedad puede asegurar una mejor respuesta a problemas locales. Por mucha idea que las personas más expertas tengan sobre la problemática de un territorio, poco podrán hacer si no alían o incluso subordinan su conocimiento a los saberes prácticos de las personas afectadas por el problema.

AR: Los procesos de “acción” colectiva, en los que hay que coordinarse para hacer/producir cosas tangibles y generar un impacto real, parecen ser más complicados de abordar colectivamente que aquellos que se limitan al aprendizaje y la reflexión grupal. Como todo en la vida, no es lo mismo hablar, que hacer, así que, de acuerdo a tu experiencia: ¿Qué exigencias adicionales, específicas, de diseño/gestión tienen los procesos de acción colectiva (por ejemplo, las “comunidades de producción”) si se comparan con los de deliberación y aprendizaje?

Nunca he comprendido bien esa distinción entre teoría y praxis, o entre reflexión y práctica. No veo un solo fenómeno social donde las personas hagamos o produzcamos algo sin partir de unos saberes o una trayectoria de aprendizaje ya asumida que determina o influye en ese proceso y en el resultado.

Hace tiempo, asistí a una conferencia donde una comunidad maker presentaba su proyecto. Esa distinción entre el “hacer” y el “pensar cómo hacer” la tenían tatuada a fuego en su discurso: “solo en el hacer uno resuelve los problemas más filosóficos”. En parte, estoy de acuerdo. No existe un espacio institucional excepcional para pensar cómo resolver todos los problemas. Menos todavía si ese espacio es un ágora de expertos con sordina que evitan los ruidos de la realidad cotidiana. Pero, por otro lado, hay relaciones de poder que se normalizan en ese discurso maker. Por ejemplo, en esa conferencia se daba por hecho que los tutoriales de YouTube son prácticas de aprendizaje producidas entre iguales y que eso pone en crisis a la academia o a la universidad como espacios jerárquicos donde se ordena el conocimiento. Me parece un planteamiento peligroso. Quienes lideran y participan en los espacios makers, son un segmento social muy concreto. Una clase media cualificada, tal vez precarizada, que piensa en modelos alternativos de aprendizaje. Hay un problema de inclusión.

No todo el mundo parte de los mismos saberes y ni mucho menos todo el conocimiento que pueden necesitar está en YouTube. Los espacios maker pueden llegar a ser espacios incluyentes, pero lo primero es borrar esa idea de que “la producción entre iguales” se da por tener un espacio abierto con cacharros que puede usar todo el mundo o porque existe internet. Sin mediación y sin actuar de frente sobre las desigualdades sociales y territoriales, no puede haber “producción entre iguales”. Pensar que el aprendizaje en los espacios makers viene dado por el “hacer” es olvidar que no somos una sopa de conocimientos, sino que cada uno está condicionado por su condición socioeconómica, su itinerario de vida y por un capital cultural acumulado.

AR: Una solución habitual para gestionar proyectos que involucran a grupos muy grandes es crear un “equipo delegado” que sea más operativo, y tome decisiones en nombre de los primeros. Pero… ¿cómo resuelves el problema de la legitimidad, sin castigar la agilidad, que plantea confiar a un grupo pequeño la tarea de decidir por los demás? ¿cómo gestionarías esa tensión que, desde mi punto de vista, se produce entre eficacia y legitimidad cuando los procesos colectivos escalan?

Ostrom analizó comunidades pequeñas, pero también de tamaño mediano, con 15 mil comuneros y comuneras implicadas. Para ese tipo de problema, señalaba la necesidad de crear instituciones anidadas. Es decir, que pudieran ser reconocidas como espacios legítimos para la toma de decisiones autónomas por parte de otras instituciones de mayor escala, pero no sometidas a un exceso de control y fiscalización o conducidas por “gestores” de la toma de decisiones. Una especie de principio confederal, en el que existe el reconocimiento de una red mayor, la interdependencia entre nodos, pero que no supone la supeditación de esos nodos a un espacio central de decisión.

David Harvey entra en este debate en su libro “Ciudades Rebeldes” y no está del todo conforme con esa solución. Para Harvey, son necesarias diferentes formas de organización social, y no siempre se podrá optar por comunidades de pequeña escala. Básicamente, porque el poder existente no opera así. Hay que operar en las diferentes escalas. Se puede tener un proyecto que se base en lo local y que busque producir instituciones comunitarias (como la economía social y solidaria) que sustenten el trabajo y la capacidad productiva de esos espacios locales. Pero el proceso de financiarización opera en una escala global y tiene capacidad para someter a instituciones estatales y supra-estatales. Defender que solo los saberes situados o un municipalismo democrático tienen legitimidad y capacidad, topa con la geografía del poder existente.

AR: El conocido libro de Surowiecki “Wisdom of Crowds” afirma que, cumpliéndose ciertas condiciones, las multitudes siempre encuentran mejores soluciones que los expertos. Algunos cuestionan esta tesis y limitan su validez sólo a problemas de “predicción estadística”. Por eso, te pregunto: en temas complejos, que requieren experiencia y conocimiento en ciertos dominios, ¿consultar a la multitud seguiría siendo la mejor opción?, ¿podemos prescindir de los expertos si la consulta colectiva se diseña bien?

Imposible responder con brevedad a esta pregunta. Veo un problema en la premisa de que el conocimiento experto es algo despegado de las multitudes o las comunidades. Los saberes más cualificados pueden producirse en el seno de prácticas colectivas, no tiene porqué provenir de un espacio institucional que especializa el conocimiento. Saber y poder son esferas íntimamente conectadas. Foucault hablaba de los “regímenes de veridicción”, que producen relaciones de poder y dominación. Un régimen de veridicción es aquél que normaliza que este y no otro conocimiento es científico, es experto, contiene verdad. Pero las comunidades de afectados también se pueden organizar para producir sus propios espacios institucionales del saber. Si el saber es poder, lo es para dominar, pero también para emanciparse de la subordinación.

A mí me cuesta ver, por ejemplo, qué expertos pueden pensar y solucionar mejor la remunicipalización del agua en Barcelona que el movimiento “Aigua és vida”. No digo que no sea necesario responder a los saberes técnicos y burocráticos que precisa un proceso como la remunicipalización, pero me cuesta imaginarme que cualquier experto que necesitemos no forme parte ya de esa plataforma ciudadana o no acuda a ella para resolver el problema.

Diferente es si hablamos del “crowd” como conjunto aleatorio de personas que tienen en común conectarse a una red telemática en un momento puntual e inesperado pero que no se organiza regularmente para resolver un problema concreto. La verdad es que no creo que exista un saber especializado en la suma agregada de pequeños conocimientos que ya existen ahí fuera. Esa idea del conocimiento reticular que mágicamente se construye a partir de una llamada abierta me parece una utopía. Le compro la sospecha a César Rendueles cuando dice que, por el tiempo necesario y por cómo están escritos los contenidos, es más fácil pensar que Wikipedia la han desarrollado cientos de bibliotecarios que no la suma de saberes descentralizados que existen en nuestras cabezas. Me parece que a menudo idealizamos la Inteligencia Colectiva y de qué se compone un saber políticamente útil. No pienso que la gente seamos masas adocenadas y estúpidas, pero tampoco que el hecho de sumar saberes a través de cualquier mecanismo o institución produzca inteligencia colectiva.

AR: Las organizaciones que lanzan proyectos colectivos insisten mucho -a veces, en modo retórico- que buscan promover la autonomía de los participantes. Pero resulta que, como tendencia, a más autónomas son las partes, más difícil es mantener la coherencia del todo. Me viene a la mente el ejemplo de los círculos de Podemos, que nos presentaron como un dispositivo para ceder autonomía de decisión a las bases, pero esa intención descentralizadora colisionó muchas veces con la presión que ejercía el sistema para que el partido mantuviera cierta coherencia identitaria. Al margen del caso de Podemos, yo veo que ese dilema siempre existe en cualquier organización que pretende descentralizar sus modelos de gobernanza: ¿Cómo conciliar el principio de descentralización (autonomía de las partes) con el de coherencia identitaria (congruencia del todo)?

Aquí estoy un poco en desacuerdo. Primero por el ejemplo (Podemos) y luego por la lógica inversa entre autonomía de las partes y “coherencia identitaria”. Si un cuerpo colectivo y descentralizado no encuentra su identidad en lo que emerge de la pluralidad de ese conjunto, es que no es un cuerpo colectivo y descentralizado. No pasa nada, se puede ser otra cosa, y es probable que existan prácticas y casos en los que cierto control centralizado de la identidad sea necesario. Pero, la verdad, me cuesta ver un ejemplo tan claro como el de una corporación privada. No es lo mismo franquiciar que descentralizar. No es lo mismo pensar que alguien te representa o pensar que es un simple depositario de tu mandato al que puedes revocar democráticamente si no lo cumple.

El problema de Podemos, y lo he vivido por momentos muy de cerca, no ha sido la vigilancia para preservar la “coherencia identitaria” sino el miedo a perder el control en negociaciones. Es decir, perder la configuración del poder territorial cediéndolo a colectivos o agentes que no compartieran las premisas de organización del nodo central de Podemos. El problema de Podemos es que nunca se ha comportado como un espacio descentralizado porque para construir una “máquina electoral” eso no se creía necesario. Es una hipótesis que dio unos resultados, no digo que sea errónea, simplemente digo que no coincide con querer montar una red descentralizada que tiene autonomía local compartiendo espacio y afinidad a escala estatal.

Creo que “el todo” no es una unidad ajena a la suma de las partes si estamos pensando en un espacio en red, es decir, descentralizado y con capacidad de actuar coordinadamente en otra escala para un mismo fin. No deja de ser el debate clásico entre una organización de izquierda ortodoxa y una libertaria. A la primera le cuesta mucho pensarse sin aparato y sin poder centralizado. A la segunda, le cuesta mucho expandirse en el territorio ya que el compromiso y la exigencia organizativa para un sistema confederal es mucho mayor que la solución jerárquica.

Pero no creo que la hipótesis “a más autonomía, menos coherencia del todo” se cumpla siempre. Depende de si realmente, insisto, crees que una y otra cosa son ajenas entre sí o si piensas que la identidad y la coherencia no nace de manera emergente del conjunto de las partes. Es imposible construir un cuerpo trascendente que “acepta” lo inmanente como si fuera un complejo vitamínico.

AR: De esto ya hemos hablado antes, pero me gustaría retomarlo. Hay una visión crítica que se cuestiona que la inteligencia colectiva reduzca las asimetrías de poder, alegando que en su lugar, produce una concentración de poder en nuevas élites. ¿Qué explica que se dé, a menudo, esa tendencia en un sistema que pretende precisamente lo contrario? ¿es evitable de algún modo? En definitiva, ¿qué rol tiene el liderazgo, y los líderes, en los procesos de participación colectiva?

Todas las preguntas que me has hecho son muy complicadas para responder en pocas palabras, pero ésta lo es especialmente. Es un tema central. Pongo un ejemplo sobre prácticas que he analizado en mi tesis doctoral, sobre procesos de innovación social y su relación con las comunidades locales.

Durante la crisis, la gente ha participado más en procesos colectivos de defensa de derechos, en espacios asamblearios para pensar colectivamente cómo resolver problemas. También, en esos espacios, se producen relaciones de poder, puesto que quienes más saberes acumulados tienen, quienes más redes sociales han fidelizado, mayor capacidad para liderar tienen.

En una investigación del Instituto de Gobierno y Políticas Públicas en la que participé titulada “Barrios y Crisis”, analizamos las dinámicas de la crisis en Cataluña . Hicimos un análisis comparativo entre, por un lado, datos de segregación urbana en contextos como el área metropolitana de Barcelona y, por otro lado, prácticas de innovación social situadas en el territorio (bancos de tiempo, huertos urbanos, movimientos anti-desahucios, grupos locales de energía renovable, grupos de consumo, espacios autogestionados). Al comparar la distribución de diferentes perfiles socioeconómicos en el territorio barcelonés con los lugares donde se localizan ese tipo de prácticas de innovación social, aparecía una conclusión reveladora. Los lugares donde se concentran estas prácticas socialmente innovadoras no son los lugares donde reside la gente más rica o la gente más pobre. La gente más rica no tiene necesidad de innovar socialmente y la gente más pobre no tiene recursos (tiempo, principalmente) para responder de manera autónoma a sus necesidades. A esta explicación le acompaña una conclusión paralela que hemos visto en la investigación: esos procesos de innovación social son una cosa de la clase media. O, dicho de otra manera, nosotros, la (antigua) clase media, tiene capacidad para organizarse y resolver algunas demandas sociales, y acaba liderando procesos colectivos.

Una conclusión paralela es que se hace difícil encontrar espacios colectivos donde diferentes segmentos sociales actúen concertadamente en algo parecido a un espacio donde el poder está distribuido. Es difícil encontrar espacios donde se produzca una alianza entre diferentes clases sociales. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca es uno de los pocos casos. Me temo que la gran mayoría de prácticas de Inteligencia Colectiva o bien se producen por el liderazgo de un solo segmento social o bien bajo la tutela de una clase media cualificada (y precaria).

No es que siempre haya élites y jerarquías, sino que el problema de la distribución del poder, sea en una corporación, un territorio o en una asamblea, es terriblemente complicado de abordar. De hecho, ese tema no solo da miedo, sino que atenta contra los privilegios de los que, secretamente, todavía pensamos que nos merecemos subir en ese ascensor social que se nos rompió por el camino. Y liderar prácticas colectivas, bien puede asegurar que en un futuro inmediato, puedas formar parte de la élite política o, tal vez, la élite moral de tu distrito, de tu ciudad o de tu país.

AR: Rubén, tus respuestas se me han pasado volando. Quiero agradecer tu generosidad y las muchas pistas que me has dado para no descuidar la dimensión política de la inteligencia colectiva, que es algo que tú decodificas muy bien. Antes de terminar, ¿te gustaría añadir algo más que pueda ser de interés para los lectores y lectoras de este blog?

Pues me doy cuenta de que me resulta difícil hablar de Inteligencia Colectiva en lugar de otros conceptos que son más precisos para entender algunos fenómenos sociales. No he usado mucho el concepto y no he leído mucho sobre eso. Seguro que algunas respuestas podrían ser más extensas. Me he dejado bastantes cosas en el tintero. Si hay alguna que te interese especialmente, tanto a ti como a la gente que se pase por el blog, y quieren que las desarrolle más, podemos hacerlo en los comentarios.

Nota-1: Si quieres leer otras entrevistas de este seriado, aquí tienes estos diez enlaces:

Nota-2:   Los destacados en negrilla y los subrayados son míos, no del entrevistado. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de “suscribirse por mail” que aparece en la esquina superior derecha de esta página. También puedes seguirme por Twitter o visitar mi blog personal: Blog de Amalio Rey.

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Comentarios (4)

  • Jorge Martínez

    Gracias por el Regalo que nos habeis hecho.
    Yo creo que cuando os referis a la eficiencia os situaias en dos planos relacionados pero que hay que diferenciar, me ha parecido que Rubén se refiere, aunque no lo nombre, al principio de Justicia y tu Amalio creo al principio de Parsimonia o al concepto de Tasa de Retorno Energético.
    Por otra parte, tambien creo que los significantes como el de eficiencia adquieren significados distintos segun la deformación que tengamos de las disciplinas de partida o que mas nos influyen en un momento dado. Yo suelo incluir a la mirada patriarcal de la eficacia y la eficiencia el concepto de efectividad que tiene que ver con los efectos de lo que hacemos, entros otros, los afectos.
    Zorionak. Jorge

    responder
  • Muy interesante.
    Juntando a dos titanes de la discusión sentida y razonada solo pueden salir cosas interesantes.
    Dos breves comentarios un poco en plan rápido pero que espero que se entiendan:

    1. Es cierto que la inteligencia colectiva, como procedimiento, puede estar al servicio de fines muy diversos, lo que nos llevaría a debates ético-morales-políticos sobre el buen o mal uso, sobre los efectos positivos o deseables. Eso nos lleva a cuestiones muy humanas que no se presentan a otros organismos que actúan con patrones y sistemas emergentes Por eso, creo que puede ser interesante separar ambos debates y aunque obviamente, toda técnica es política, tratar de objetivizarla más allá de su aplicación. Creo que esto puede ser útil incluso para defendernos de usos que pueden perjudicarnos. Por ejemplo: si soy un inmigrante ilegal que duermo en la calle ¿debo preocuparme más si, en el barrio donde duermo, hay: a) personas racistas aisladas, b) personas racistas que organizan una brigada vecinal, c) personas racistas que se organizan para hacer batidas usando técnicas relacionadas con la inteligencia colectiva y el trabajo en red? Incluso aun pensando que las tres opciones pueden ser igual de peligrosas, cada una a su manera ¿debo adoptar diferentes mecanismos de protección para defenderme de unos casos u otros?
    Y entrando un poco de refilón en la parte ético-política, también creo (pero solo es una creencia) que la inteligencia colectiva, siempre que fluya en el marco de comunidades abiertas e inclusivas, puede en si misma atenuar o corregir algunos pensamientos y prácticas, gracias a ciertos grados de empatía, roce, generación de confianza, reconocimiento y respeto por el otro, tratar de llegar a acuerdos, etc. Por ejemplo, un grupo de hombres, en la típica cena de amigos o un grupo de whatsapp, suele tender a comportarse o sostener opiniones menos machistas, si en ese grupo también hay mujeres. Esto, que puede ser algo simplemente retórico o de postureo, también puede ir calando y generar transformaciones en los comportamientos.

    2. Rubén, me parece muy interesante la idea esta de la innovación social como algo de clase media, formada y precaria. La cuestión aquí es si lo social es simplemente un contexto instrumental en el que escalar socialmente o si lo social es realmente un campo de problematización en el que sea preciso un trabajo interclase, que no debe ser paternalista, sino coproducido. Bajo mi punto de vista -y dónde tratamos de situar nuestras práctica-, se está empezando a hacer ese trabajo de reconocimiento y entendimiento entre las partes. Se están creando cada vez más flujos de ida y vuelta, de contaminación productiva y reproductiva. Ahí, cada “clase” tiene que hacer sus propios ejercicios, más allá de los ejercicios que hay que hacer en común. Creo que aún nos queda mucho camino por recorrer en ese sentido, porque aún nos falta mucho para entender al “otro” (más allá de un acercamiento superficial), sus necesidades, prioridades, sus potencialidades distintas a las “nuestras” para ponernos a disposición, para poder trabajar y luchar juntas.

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