Explorando nuevas formas de colaboración y trabajo en red

TOP

El Blog de Inteligencia Colectiva

inteligencia colectiva

Hay que prototipar dispositivos de escucha para incorporar la complejidad (Antonio Lafuente)

 

Antonio es investigador del Instituto de Historia del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, a quien sigo desde su mítico blog Tecnocidanos, de Madri+d, que leía vivamente en mis años mozos. Este granaíno, que combina de forma exquisita la doble vertiente de intelectual y activista, es conocido por sus trabajos sobre los bienes comunes, la gobernanza participativa y el conocimiento abierto. Dirige desde sus inicios, en el año 2007, el Laboratorio del Procomún de MediaLab Prado.

Admiro a Antonio por su agudeza, honestidad y elocuencia. Combina su actividad como ensayista y divulgador de la ciencia con una sensibilidad especial hacia el arte que hace su estilo narrativo muy agradable de leer. Aboga por abrir el conocimiento y la gobernanza, más allá del dominio de los expertos. Le interesa lo emergente y las nuevas formas de participación, lo que lo hizo un interlocutor muy válido para mi investigación sobre Inteligencia Colectiva. Me costó conseguir que me respondiera, pero creo que ha valido la pena. Juzga por ti mismo/a:

1. Para entendernos… ¿qué es para ti la “Inteligencia Colectiva” (IC)?

Encontrar una manera de dar forma a los problemas comunes capaz de evitar parcialmente las muchas formas reduccionistas de representarlos. Es colectiva porque es entre todos y para todos.  Y es inteligente porque no crea más exclusión o más dolor. No es colectiva porque hay muchos, ni es inteligente porque es racional. Es colectiva porque suma las capacidades y acepta que todas son imprescindibles, y es inteligente porque es robusta, al asumir que sólo son sostenibles las respuestas que involucran el compromiso de todos.

2. ¿Entonces asocias “inteligencia” al proceso, a la capacidad de inclusión y de ensanchar el potencial de participación, más que a la calidad del resultado?

Con el tiempo me hice más sensible a los argumentos que defienden la convivialidad frente a la objetividad. O sea que si me das a elegir entre Málaga o Malagón, ya sabes con qué me quedo. Pero el asunto de fondo es que me pones delante de un falso dilema. Nos han enseñado (y quizás obligado!) a pensar que hay que elegir entre compromiso y objetividad como si fueran dos posiciones que son incompatibles, pues la noción de compromiso (Descartes y los positivistas, dicen) estaría contaminada por las emociones, sesgos y caprichos vinculados al mundo de lo opinable, mientras que la objetividad fue diseñada para sacar al sujeto de la escena epistémica y que opere como si hablara desde un no-lugar y con un no-cuerpo. Yo creo que también el mundo de los datos, los hechos y los experimentos sucede en la Tierra y que por tanto también es el oficio de personas que se afectan mutuamente y que no se dejan a la entrada del laboratorio sus convicciones, sus manías y sus prejuicios.

La calidad del resultado, por usar la expresión que utilizas, describe, contiene y/o impone una forma de estar juntos que prefigura las características de la relación que se nos exige. El resultado es algo que va sucediendo y que mientras ocurre modifica el proceso, pues lo que (nos) sucede no es lineal y puede zigzaguear, recular, atascarse, agitarse o enturbiarse; es decir, que sólo los itinerarios pueden ser procelosos, también los resultados pueden ser tentativos, provisionales, inseguros. El resultado entonces es parte del proceso, pues lo deseable es que lo compartamos inacabado para que otras personas lo puedan enriquecer, remezclar, contrastar y reconfigurar. Así es como funciona la ciencia, cuyo valor principal procede de haber logrado institucionalizar formas de hacer abiertas, colaborativas y experimentales.

Y ahora te pondré un ejemplo absurdo. Nada es más deseable que acabar con el hambre, el crimen o el analfabetismo en el mundo, pero nadie aprobaría lograrlo haciendo desaparecer a los pobres, los delincuentes o analfabetos. Lo que quiero decir es que en política el fin son los medios y que aunque sean importantes los resultados, importa más cómo lo conseguimos.  El cómo es más importante que el qué.  Y lo que es importante para la convivencia, debería serlo también para la emprendeduría y la innovación.

3. El Procomún es uno de los temas con el que más te identifico, ¿podrías ayudarme a situar ese concepto desde la perspectiva de la Inteligencia Colectiva? ¿qué conexiones crees que se dan entre ambos mundos?

Durante mucho tiempo estuve defendiendo que el procomún describía los bienes que eran de todos y de nadie al mismo tiempo. Luego me distancié un poco de esta manera de conceptualizarlo porque evocaba los imaginarios de la propiedad y del derecho.  Ahora me gusta más pensarlo como aquello que hacemos entre todos. Lo común sería entonces la expresión por antonomasia de una cierta forma de entender la inteligencia colectiva. Un bien común, según he aprendido de E. Ostrom, sólo es una forma particular de gestionar un recurso compartido. Y eso nunca es fácil, pues no sólo quienes lo sostenemos somos gentes diferentes, sino que el propio bien puede estar situado en un entorno profundamente hostil.  Y eso obliga a ser muy creativos, ocurrentes y flexibles.

Al otro lado del recurso que es gestionado como un bien común puede haber un imperio, una mafia o un régimen feroz dispuesto a absorberlo y eso significa que la sostenibilidad del bien no sólo reclama mucha inteligencia para convertir las diferencias internas en un activo que haga más robusta a la comunidad, sino que también obliga a ser muy tácticos y pragmáticos en las relaciones con el exterior.

4. Ando recopilando ejemplos de IC menos conocidos, y la búsqueda va a funcionar mejor si también es colectiva, ¿qué ejemplos de éxito podrías sugerirme?

Te daré tres ejemplos: En bici por Madrid, Alcohólicos Anónimos y An Archive of Feelings. En bici por Madrid son unos chicos que crean un blog para compartir rutas interesantes con bici por la capital. En poco tiempo ya eran miles de personas intercambiando rutas, datos, recomendaciones. Todo eso se hace sin jefes, ni plan, ni estructuras de gestión. Alcohólicos Anónimos ya lo conocemos, es gente que se siente abandonada por el estado y el mercado y se autoorganizan. No hay que ser doctor, ni un buen retórico. Basta con renunciar a la fantasía del yo y aceptar que tu identidad está distribuida y es relacional.

An Archive of Feelings, que reúne historias orales de activistas lesbianas, y qué ocurre cuando son chicanas, analfabetas, sin papeles, etc. Sabemos mucho de lo que piensan las listas, pero este otro dolor es sordo. El origen del libro es un proyecto en el que la autora, Ann Cvetcovich, crea un archivo para que ellas cuenten lo que sienten y entre todas descubrir lo que han experimentado pero no saben nombrar.

5. Me ocurre a menudo, en los talleres colectivos que dinamizo, que los equipos trabajan muchísimo, debaten y generan ideas estupendas, pero echo en falta que sinteticen y documenten mejor lo que han hecho para facilitar que ese aprendizaje se transmita, replique y escale. Así que, a propósito del archivo de Cvetcovich, me gustaría que hablemos del “arte de documentar”, pero visto como mecanismo de agregación colectiva, entendiendo la “agregación” desde su significado más amplio, que incluye la síntesis más compleja. Tú mismo dices que documentar equivale a “elegir las trazas significativas” de un proceso compartido y “capturar la inteligencia del equipo”, pero mi experiencia es que cuesta mucho que el resultado sea “comunicable”, cuando se agrega colectivamente, ¿qué falla ahí? ¿cómo podemos mejorar eso?

Hay muchas culturas de la documentación y no son intercambiables unas por otras. Uno debe saber para qué quiere documentar. He observado que a veces documentar se hace sinónimo de construir un relato que describe lo que nos pasó. Eso es muy respetable y puede que legible. Mi interés por la documentación se ha centrado en el cómo hacer replicables los prototipos. Y, en consecuencia, documentar tiene que ver con dos tareas:  la primera es producir una receta practicable, lo que es tanto como decir que esté escrita en un lenguaje directo, sencillo y común; la segunda no se orienta hacia los aspectos funcionales u operativos, sino que trata de explicar los motivos de las bifurcaciones, reconfiguraciones o aprendizajes acaecidos durante el proceso. En la receta tratamos de aprender de los ingenieros o cocineras y dar cuenta de los resultados, mientras que con el mapa de aprendizajes queremos dar cuenta de los procesos y de su dimensión afectiva.

Creo que lo que falla en la documentación es que los makers tienden a darle poco valor a esta tarea: la consideran subsidiaria, residual y aburrida. Necesitan repensar este asunto, aunque solo sea para reconciliarse con la idea de que les importa el trabajo colaborativo y la voluntad de cambiar el mundo.  Si no se documenta, todo se reduce a una sucesión de eventos más o menos privados y, además de despilfarrar un montón de conocimiento que pudiera serle útil a alguien, se desdeña el potencial transformador de la cultura abierta, púbica y contrastada.

¿Qué sería de nuestro mundo si los ingenieros y los científicos no se hubiera tomado en serio la tarea de documentar? Yo he dedicado mucho tiempo a estas preocupaciones y algunos textos he publicado al respecto. Junto con algunos amigxs iniciamos el desarrollo de docART que esta alojado en gitHUB y que tiene un manual de docART que explica cuál es su fundamento teórico y cómo llevarlo a la práctica.  En la actualidad, aunque esta muy cerca de su conclusión, hay que reconocer que el proyecto está un poco estancado.

6. Hay muy pocos casos de éxito de IC basada en la colaboración a gran escala, y siempre aparecen los mismos… ¿por qué crees que ocurre eso? ¿Será que Wikipedia o Linux son la excepción y no la regla?

No sé. Creo que le pedimos demasiado a estos experimentos. También es grandísima la mortalidad en los proyectos empresariales. Enseguida se habla de fracaso y esto a mi me parece que es otra forma de simplificar demasiado. Por otra parte, tenemos que darle más valor a la naturaleza híbrida de estos proyectos. Linux o Wikipedia sólo existen porque encontraron una manera de convivir con Cisco, Google y Vodafone, entre otros gigantes privados. Y finalmente creo que sólo prosperan los proyectos (o experimentos, y este matiz tiene valor porque evoca su naturaleza abierta y en beta) que estén sostenidos (y sean el sostén!) de comunidades de afectados (y no de subvencionados!).

7. Sí, la naturaleza abierta y en beta de los proyectos está muy presente en tu relato sobre la cultura de la experimentación y los prototipos. Pero… ¿no crees que hay una brecha de implementación entre la creatividad que aflora en los laboratorios (por ejemplo, ciudadanos) y la capacidad de llevar esas iniciativas a una escala real? A veces tengo la sensación de que estamos atrapados en el prototipo eterno, y no sabemos salir del modo laboratorio. Si queremos escalar y tener impacto significativo, hay que estabilizar cosas, y de eso se habla poco porque consolidar es poco sexy. ¿No te parece que nuestro déficit colectivo es más de implementación que de creatividad?

Me encanta esta pregunta y me encanta que me des la oportunidad de defenderme del reproche que a veces se nos hace de solo querer vivir en el mundo ideal de los laboratorios y los prototipos. En ocasiones también se escucha que los teóricos odiamos salir de la zona de confort o nos causa pánico la terca realidad. Hay mucha sabiduría en estas sospechas, pero también cierta complicidad con una manera de entender la innovación que yo quisiera discutir. Es verdad que hay mucho conformismo en la Academia, como también es cierto que estamos ante un tema muy controvertido.  El actual modelo neoliberal de educación ha impuesto como canónica la tesis de que el momento del aprendizaje y el de impacto deberían confundirse o acercarse tanto como fuera posible.

Para mi innovar implica dos movimientos: con el primero movilizamos la creatividad, la experimentación, la colaboración y la recursividad, mientras que con el segundo tratamos de incidir con nitidez en un conflicto, necesidad o anhelo colectivo. El momento del aprendizaje era el característico de los espacios educativos. A la Universidad íbamos a desplegar nuestras potencialidades, a desarrollar el espíritu crítico, a ensanchar nuestras habilidades y experiencias, a aprender construyendo juntos y a valorar la diferencia, la discrepancia, los matices y los detalles. A la Universidad no íbamos a pintar con brocha gorda ni a simplificar todos los asuntos en aras de lograr resultados en plazos cortos.

El contexto de aprendizaje reclama tiempo, escucha y cuidados. El contexto de impacto, por el contrario, reclama resultados rápidos pues hay demasiadas cosas en juego: el dinero de las inversiones y el tiempo de la vida. El momento del impacto es de competición con los ajenos y de pactos firmes con los propios. Cuando se anima a los jóvenes a ser emprendedores (salir del laboratorio y del prototipado eterno) casi nunca se les cuenta que en términos estadísticos es muy probable que fracasen y se arruinen. No tengo nada contra querer tener impacto. Me parece un gesto necesario y hermoso.  Admiro a los que se atreven, incluidos lo que fracasan. Para mi son una fuente de inspiración constante. Admiro mucho a quienes abren empresas que crean empleo y mucho más a los que asocian su crecimiento al de la comunidad en la que operan.

Pero discuto que los dos momentos (aprendizaje e impacto) tengan que ir juntos y que la academia sea presionada para que sus departamentos y grupos de investigación se comporten como nichos de emprendedores. Esta deriva es, para mi, una gran pérdida y una gran claudicación. No es bueno que ambos momentos tiendan a confundirse, pues el del aprendizaje sucede en un escenario abierto, experimental y colaborativo, mientras que el de impacto reclama la cultura de la focalización, el rigor de los plazos, la obsesión de la marca, la presión de los recursos, el cerramiento de la propiedad, la amenaza de los competidores y la (casi) certeza de la ruina. Me parece que un buen ecosistema de innovación debe contar con espacios diferenciados para proteger ambos momentos y, desde luego, para comunicarlos y hacer fluidos los tránsitos entre ambos mundos, bien entendido que el contexto de aprendizaje no es para jóvenes y el de impacto para adultos, sino una opción en la que cada quien debe saber dónde, si puede, quiere estar.

8. Buena parte de mi estudio se centra en el escalado de las arquitecturas participativas. Sobre esto estuvimos haciendo ping pong con un buen amigo común, Ricardo Amaste, y en la conversación que tuvimos apareció una pregunta, una duda, que quiero compartir contigo: ¿se pueden escalar los afectos y cuidados a nivel macro? Ya sabemos que sí a nivel micro y el copylove es un buen ejemplo, pero… ¿cómo impregnar de esa lógica a las experiencias colectivas (y las políticas públicas) a escala, por ejemplo, de ciudad o país?

En ese nivel macro del que hablas hay mucho bienes comunes que funcionan o deben funcionar.  Wikipedia, por ejemplo, o la donación de órganos son bienes que todo el mundo los menciona con admiración.  También se escuchan muchos elogios para GitHub, Open Street Map y el Proyecto Genoma Humano. Es decir que hay muchos bienes comunes de dimensiones portentosas que para poder crecer reclaman mucha inteligencia, grandes cuidados y tecnologías sofisticadas.  A mi los afectos me interesan en la medida en la que hacen cosas, es decir en la medida en la que afectamos y nos dejamos afectar. Los cuidados, como yo los veo, son detonadores de flujos de afectividad y, en consecuencia, cambian cuando hablamos de cosas que suceden por internet o de las que requieren nuestra presencia, aunque sea esporádica o intermitente. En cada caso tendríamos que preguntarnos cómo activar los afectos o, con otras palabras, cómo hacer inclusivos los procesos, abiertos los proyectos o auto organizadas las comunidades.

Si la pregunta buscaba identificar metodologías que permitan escalar procesos de afectación, debo decir que no tengo una respuesta precisa. Sin embargo, hay mucha literatura que toca estos asuntos colateralmente. Por ejemplo, muchas discusiones sobre la propiedad intelectual, tiene que ver con la necesidad de problematizar las condiciones que favorecen o no la creación colectiva de conocimiento. En general toda la conversación sobre licencias es también un intento de saber cómo crear las mejores entornos de afectación.  También creo que mucho de lo que hay escrito sobre innovación abierta y que afecta al mundo de la empresa y de la academia y, en general, a las organizaciones (públicas o privadas), tiene que ver con la creación de entornos que estimulen la inteligencia colectiva o, en otras palabras y como se dice en otras tradiciones, contextos de afectación.

Tengo alguna experiencia de diseño de políticas públicas o, en otras palabras, de producción de prototipos orientados a su inmediata implementación. La forma de abordar este requerimiento ha sido sentar en una misma mesa a los técnicos, los activistas y los expertos. La idea de partida consistía en asumir que los saberes de los funcionarios, generalmente despreciados por burocráticos y conformistas, eran imprescindibles si es que deseábamos propuestas que contuvieran ya el respaldo de las personas que tenían que aplicarlas. Para ello hubo que hacer un intenso trabajo de mediación, pues los saberes de los activistas, logrados a pié de obra, allí donde están los afectados, eran frecuentemente considerados buenistas, utópicos y caprichosos, cuando para nosotros eran un tesoro que prometía diseños inclusivos basados en prácticas no asistencialistas. En estos casos, cuidar del proceso consistía en crear las condiciones para que las tres formas de saber (aquí no he mencionado, la que traen los expertos, también desdeñados cuando se les acusa de ofrecer un saber de despacho) aprendieran a escucharse, cuidando la idea de que siendo necesarios los tres saberes, era urgente que todos los actores involucrados aprendieran a vivir juntos.

9. A veces siento que hay mucha retórica alrededor del dilema entre lo emergente y lo deliberado, como si los avances se produjeran por generación espontánea. ¿Qué opinas del papel del liderazgo, y de la necesidad de una estrategia, de un esfuerzo de diseño, en los procesos colectivos?

Estoy colaborando con el Tecnológico de Monterrey (México), una institución que confiaba mucho en los imaginarios del liderazgo y que estuvo muy segura de que su función como centro universitario consistía en dotar de múltiples capacidades a los estudiantes. Y, sin embargo, tras muchos años segura de sus prácticas, está iniciando una reforma que da mucha importancia al trabajo colaborativo, basado en retos compartidos, saberes de campo y prácticas experimentales.

La noción de liderazgo cambiará, pues su principal función ya no será dirigir, sino proyectarse en acciones como las de acompañar, facilitar, escuchar, compartir y distribuir. Siempre fue un poco así, pero se han acelerado los procesos en los que un responsable de proyecto tendrá que aprender a trabajar en equipos con otros jefes, a construir alianzas estratégicas con otras organizaciones y a tejer redes de confianza con lo que antes llamábamos clientes y ahora son tratados como partners, cómplices, produsuarios o integrantes de una comunidad donde ocurren más cosas que los intercambios monetarios que registra la cuenta de resultados. A los nuevos líderes no les bastará con dominar el inglés, tendrán que aprender a manejar este lenguaje de los cuidados, los compromisos y los afectos que no está en los libros, ni en las app, sino en los cuerpos. Por eso ahora se da tanta importancia a la experiencia que tengamos en situaciones reales o el trabajo de campo, como la que adquirimos trabajando con ONGs.

¿Preguntar por el líder es como preguntar por el jefe? No creo. ¿Lideran las madres su hogar, los párrocos su feligresía o los maestros el aula? Es verdad que se ha exagerado la figura del líder, como quizás ahora estemos empachados por tanta horizontalidad. Un poco de hartazgo, sí que hay. Ahora que el lenguaje gerencialista ha colonizado los imaginarios de la vida ordinaria y el espacio público, son los emprendedores los que han iniciado un cambio de rumbo. Estoy convencido de que ya nunca vamos a volver a los imaginaros del jefe, lo que no quiere decir que los proyectos no reclamen repartos de tareas, responsabilidades o recursos. Pero estas decisiones se pueden tomar de forma menos jerárquica y favoreciendo las prácticas colaborativas frente a las individualistas, competitivas y disruptivas.

El lenguaje de la innovación no para de exaltar sus beneficios políticos y económicos, y damos por inevitable imaginarla como un proceso de destrucción creativa. Nos ha acostumbrado a ver normal que la innovación produce ganadores y perdedores, adaptados e inadaptados, modernos y antiguos. Ha naturalizado la desigualdad y hasta no falta quien opina que no puede ser de otra manera.  La innovación produce desigualdad y ayuda a consolidar los gustos, ideas y estilos de vida de las élites, porque en la comisiones que deciden la asignación de recursos para la innovación sólo están los beneficiarios del este estado de cosas. Así, no sólo produce desigualdad, sino que la legitima.

10. ¿Tiene sentido pedirle a la gente que opine/decida sobre algo que le afecta pero que (por la complejidad del asunto) no sabe cómo le afecta? En muchas situaciones resulta evidente la conveniencia de consultar a los afectados, a la ciudadanía, por un sentido de legitimidad, pero ¿qué pasa cuando consultamos a la multitud sobre algo que no entiende con la profundidad necesaria?

La pregunta da por buena, creo, la tesis de individualismo metodológico: todos somos libres y actuamos racionalmente, y para mi esta hipótesis es falsa. Lo siento. Sé que la pregunta es frecuente pero no me gusta cómo nos la formulamos, ni creo que esa sea la forma de buscar una solución para los muchos problemas que abordamos.

También sé que es un asunto muy complejo. Pero voy a simplificar. De los asuntos concernientes a mi cuerpo o a mi barrio yo sé mucho. Sé que no lo conozco todo, pero sé mucho. A veces me sorprende lo poco que saben los que pueden acreditar muchas titulaciones. Tenemos ejemplos históricos memorables sobre la forma arrogante de comportarse los expertos. Mi saber experiencial no puede seguir siendo considerado colateral, advenedizo, caprichoso o desdeñable. No podemos permitirnos el lujo del despilfarrarlo.

Hay que prototipar dispositivos de escucha que nos permitan incorporar la complejidad. Para empezar, creo que hay que darle un nuevo papel a los movimientos sociales, colectivos ciudadanos, comunidades de afectados, y tratarlos como sistemas de alerta temprana que no solo nos ayudan a detectar dónde están los problemas, sino que también son expresión de una cierta inteligencia colectiva. Representan la vibración (a veces sorda) de la urbe y son una de las formas ordinarias que adopta la esperanza, entendida como una capacidad para imaginar colectivamente, en nuestro ahora, mundos por venir.

En fin, también aquí habría que hablar sobre qué entendemos por eficacia o por bien común. Hay una cuestión relacionada con el modelo de sociedad que queremos construir. No todos compartimos las mismas ideas acerca de estos asuntos.  Y resolverlos por la vía del referéndum puede ser también muy autoritario: me parece increíble que este mecanismo de destrucción de las minorías siga teniendo tanto pedigrí. Para mí, la técnica del referéndum, más que resolver los problemas, los simplifica tanto que provoca su enquistamiento.

11. Vale, comparto tu rechazo al modelo de referendos pero, pregunto, si tienes que decidir, porque a menudo tienes que hacerlo, y el consenso es imposible, porque las posturas son opuestas dado que responden a intereses e incentivos muy dispares, ¿qué haces? Si no hay margen para la deliberación, porque a veces no lo hay, ¿qué otro mecanismo de agregación colectiva de preferencias nos queda?

¿Qué tal una elección donde se pueda optar por un 70% a favor de una opción y un 30% en contra? O, en otras palabras, que tal si complicamos un poco las cosas para darle una oportunidad a la inauguración de procesos que lentamente logren la formación de una opinión más madura. Llevamos dos décadas pensando en estas cosas y se han experimentado distintas fórmulas (conferencias de consenso, paneles ciudadanos, jurados populares, etc.) que nacen de la sospecha de que un Si o un No para una pregunta compleja no es la mejor forma de resolver nuestras discrepancias. Tampoco son propuestas perfectas, pero hoy que ya disponemos de la posibilidad de mantener vivo un debate durante suficiente cantidad de tiempo, incorporando distintos puntos de vista, permitiendo varias votaciones o descomponiendo el problema en partes; podemos experimentar con otras maneras de tomar decisiones colectivas que no simplifiquen las cosas hasta extremos que no podemos permitirnos.

No son pocos los que están considerando, por ejemplo, la posibilidad de incluir una segunda cámara de representación por sorteo para evitar que seamos demasiados vulnerables a las burocracias de los partidos, a las presiones de los lobbies o a la corrupción de la opinión. En fin, todas estas propuestas tienen en común la convicción de que la democracia no es un asunto de votar exclusivamente, sino que hay otras formas de participar que debemos desarrollar.

12. Volviendo al reclamo de escuchar a la gente, permíteme peguntarte qué pasa cuando las personas tienden a dejarse llevar por la opinión de la mayoría: ¿“lo popular” ha de ser interpretado por definición como una señal de falta de calidad? ¿es un síntoma de mediocridad, o de falta de criterio propio, alinear nuestras decisiones con la mayoría?

Empezaré con un ejemplo. Cuando me decidí a abrir un blog fui a consultarle a la persona que conocía con mayores conocimientos de internet. Y le pregunté cómo saber si mi blog era bueno, malo o regular.  Su respuesta ha sido siempre para mi muy inspiradora: si abres un blog sobre una especie de mariposas que sólo cuenta con dos especialistas en el mundo y los dos te siguen, podría afirmarse que tu blog tiene mucho éxito.

Puesto que no todos tenemos los mismos intereses, ni tampoco los mismos vicios y virtudes es improbable que las personas se dejen llevar por la mayoría. No creo que la gente sea tan manipulable y por eso la pregunta quizás nos ponga frente a un falso dilema. La gente, para mi, funciona de otra manera.  Se deja llevar por su instinto y no calcula lo que es más probable. O quizás sí, pero no de la forma racional que se insinúa. Todos somos más tácticos y chapuceros de lo que se presupone. La gente rectifica todo el tiempo, corrige la posición. Todo eso de la “prueba social” o “social proof” me parece otra teoría con la que escribir papers y construir problemas que no tiene nadie: basura académica. Muy fundamentada, pero engañosa.

13. Bueno, yo no pienso que todos seamos iguales, pero existen las estadísticas, y éstas capturan tendencias sociales, que son colectivas. A escala micro cada uno es un mundo, pero a escala macro, afloran modas o creencias que reflejan (de forma imperfecta) el resultado de esa agregación. Si ves que la gente está comprando viviendas como forma de ahorro predominante, te preguntas si tú, teniendo dinero, deberías hacer lo mismo. Por otra parte, yo sí que pienso que la gente intenta ser racional y juega con las probabilidades. Eso se aprende desde niños. Otra cosa es que los sesgos cognitivos (emocionales) nos lleven a las chapuzas, o que a veces la intuición pese más, pero ¿de verdad crees que los humanos sólo se mueven por los instintos? ¿entonces la gente no usa la “prueba social” como confirmación para tomar o modificar algunas decisiones? ¿lo que vemos que hace la gente no importa a menudo más que nuestro propio criterio o instinto? Lo siento, no creo que sea una mirada tan simplista o basura académica, como lo planteas tú 😊

Entiendo lo que dices y de ninguna manera quiero irme a las antípodas o situarme en una postura totalmente antagónica respecto a lo que expresas. Las estadísticas que evocas y las tendencias que mencionas son una tecnología cuya función no siempre es describir la realidad, sino más bien prescribirla. Los algoritmos que las construyen están diseñados por humanos que operan como si supieran lo que pasa y, en consecuencia, deciden cuáles son las variables que se pueden, se deben y se necesitan medir. De alguna manera los resultados que obtienen están prediseñados y las encuestas vendrían a legitimarlos. Es como si los diseñadores ya supieran lo que queremos (lo que hay, y sólo lo que hay) pero necesitaran entender mejor cómo presentárnoslo. Todos hemos oído mil veces aquello de que hay verdades, mentiras y estadísticas, lo que es tanto como decir que las afirmaciones basadas en estadísticas (o encuestas) lo que hacen es aprovechar la parafernalia mediática que nos envuelve para validar asertos (o darle apariencia de populares y/o legítimos) muy discutibles o, si lo prefieres, irreductiblemente interpretables.

No es que crea que los humanos sólo se muevan por los instintos, lo que pienso es que somos chapuceros, que estamos improvisando siempre y, desde luego, que tratamos de no tropezar cien veces en la misma piedra, lo que es tanto como decir que aprendemos de nuestros errores. También creo que este aprendizaje no ocurre en nuestras cabezas, sino que es relacional y que es parte de nuestra capacidad para afectar y dejarnos afectar por otros y otras. No lo experimentamos todo, ni a todas horas; más bien confiamos unos en otros, admitimos que entre los nuestros hay gente que sabe más de algo y seguimos su criterio, especialmente si su conducta es abierta.

14. En algún taller me han dicho que “la innovación no es un proceso de inteligencia colectiva sino de liderazgo emprendedor, de individuos atrevidos que precisamente se salen de lo colectivo”. En mi opinión, la consulta colectiva produce un efecto paradójico porque, por una parte, en la fase de captura de ideas (“creatividad”) permite aflorar opiniones extrañas y minoritarias que no plantearían los expertos dado que opina gente a la que nunca se le ha escuchado; pero por otra, en la fase de filtrado/agregación (“selección”), la atención tiende a moverse hacia las opiniones más generalmente aceptadas, o sea, hacia diagnósticos continuistas y poco disruptivos. Por eso te pregunto: ¿Crees que la Inteligencia Colectiva es compatible con la innovación radical, o con la búsqueda de soluciones novedosas?

Nada nos obliga a seguir las propuestas más disruptivas.  Esto es una decisión que alguien ha tomado en una escuela de negocios, y que pretende, a fuerza de insistir en ella, imponérnosla como la única alternativa posible. Yo soy de los que opinan que hay mucha inteligencia en la afirmación de que las cosas no circulan porque sean verdad, sino que son verdad porque circulan.

La gente se puede equivocar por no saber. Esto es una obviedad. Los expertos se han equivocado (interesada o desinteresadamente) muchas veces: tantas, que es legítimo considerarlos una parte del problema antes que la solución. No necesitamos sociedades perfectas, ni maravillosas. Necesitamos que sean algo más robustas y eso sólo se consigue con más inclusión social y, desde luego, huyendo de las simplificaciones a las que nos tienen acostumbrados los expertos, incluidos los que “catedratiquean” sobre innovación.

En otras palabras, antes de excluir a la gente de la toma y coproducción de decisiones, podríamos revisar nuestra noción de innovación así como los mecanismos que permiten escuchar mejor lo que la gente sabe, aunque quizás no pueda nombrar.

En las últimas décadas hemos aprendido mucho sobre participación y ya tenemos gente que habla del imperativo participativo para evocar la sospecha de que tal vez estos nuevos mecanismos de gobernanza sólo sean un nuevo instrumento de legitimación de las viejas políticas. Desconfiar de la propia noción de participación se ha convertido en un lugar común. Tenemos que reproblematizar estos mecanismos sociales de escucha y de esperanzamiento. Pero hay que insistir e incorporar nuevos actores al diseño de lo por venir. No queremos menos expertos (participando en la configuración de las recetas), sino más actores.

15. Antonio, ¿te gustaría añadir algo más antes de terminar?

En primer lugar, muchas gracias por haber contado conmigo y por haberme esperado. La entrevista me ha gustado y las preguntas están muy bien construidas: son clarificadoras y exigentes. En las respuestas hago alguna crítica a las formas hegemónicas de pensar los conflictos de nuestro mundo. No son a las preguntas, sino a las ínfulas que alardean estas formas ya cansinas de pensamiento (único). Ojalá hubiera tenido más tiempo para acompañarte mejor en este proyecto.

Nota-1: Si quieres leer otras entrevistas de este seriado, aquí tienes estos nueve enlaces:

Nota-2:   Los destacados en negrilla y los subrayados son míos, no del entrevistado. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de “suscribirse por mail” que aparece en la esquina superior derecha de esta página. También puedes seguirme por Twitter o visitar mi blog personal: Blog de Amalio Rey.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Comentarios (2)

  • Muy interesante entrevista, nos ha llevado a la discusión y reflexión y nos gustaría compartir los siguientes puntos con ustedes:
    El primer tema que nos provoca es el de participación colectiva. El cómo deliberar sobre las decisiones de los ciudadanos sin caer en la tentación de actuar por una solución masiva, Antonio pone un punto que me parece crucial, que es el escuchar. Sin embargo, la pregunta que nos parece relavante es qué escuchamos cuando escuchamos. La tentación es escuchar ideas, propuestas, necesidades, problemáticas, pero lo que hemos aprendido de la experiencia, es que todas ellas conduce al sacrificio de la idea de algunos, don siempre hay un perdedor. En cambio, desde la afectividad, como dice Antonio, es posible escuchar preocupaciones de las personas. Sobre todo si garantizamos que sea un ejercicio colectivo donde los propios ciudadanos articulen sus preocupaciones y escuchen las del otro que tienen sentado al lado. Nos es más fácil conectarnos con las preocupación del otro. Una preocupación no puede ser desechada, en cambio una idea (por más genial que sea) si puede ser desechada.
    Por lo tanto, un taller colectivo de participación es más bien un “escuchatorio” de preocupaciones. En eso se parece al ejemplo de los alcohólicos anónimos que Antonio pone de ejemplo.
    El desafío del “innovador social” es recoger todas las preocupaciones e inventar una solución que sea capaz de hacerse cargo de ellas.

    El segundo tema es el de la innovación. A nosotros nos seduce pensar que la innovación es un juicio que una comunidad hace sobre la expansión de posibilidades que se le ofrece. Por lo tanto, si es una acción efectiva. Si no hay expansión de posibilidades, no hay innovación. En el proceso para producir una innovación, es necesario escuchar las preocupaciones de la comunidad. Tampoco estamos de acuerdo en que la innovación per se está en el límite de lo creativo y novedoso. El fracaso de los emprendedores o innovadores a los que se refieres, tiene que ver con que lo que proponen no se hace cargo de la historia y la tradición de las personas. Un acto innovativo no esta en películas futuristas, sino en la capacidad de conectar la tradición de la comunidad con las tendencias que están llegando. La innovación resuelve dolores, no puede traer más. No es el tsunami, es la embarcación que nos permite sobrevivirlo (y los chilenos sabemos de tsunamis).

    Lo tercero, es que nos gustaría agregar que además de las recetas de cocina y la ingenería, algo que se puede replicar sin importar el tiempo que ha pasado desde que fue escrito, son las obras de teatro. La apropiación de un espacio público de una comunidad es una puesta en escena, donde hay roles, personajes, escenografía y recurrencias. Por lo tanto, hemos privilegiado pensar que un proceso de escucha o prototipado se puede reproducir en la medida que podamos convertirlo en un guión de una obra de teatro.

    No podemos despedirnos sin felicitar la noción de inacabado de un proceso que trae Antonio. Nos emociona la idea de que otras personas puedan venir a acabar-completar, un proceso que quizás nunca termine. Justo por eso es que quisimos compartir nuestras ideas con ustedes, para aportar a esta incompletitud.

    responder