Cuando no están los que deben

La sociedad actual sufre un notable déficit de participación porque el escalado de la gestión colectiva funciona mal. Para que el quiénes sea legítimo hay que resolver dos grandes carencias

Fragmentos extraídos de “El Libro de la Inteligencia Colectiva

Supongamos que fuéramos capaces como sociedad —o como organización— de identificar cuáles son esos retos de naturaleza colectiva que hay que gestionar como tales (los qué) y de ponernos de acuerdo en un relato de lo colectivo que fuera convincente, de contarnos y creernos unos mitos que nos unieran en torno a esos grandes objetivos comunes (los porqué y los para qué). Bien, entonces estaríamos próximos ya a hacer explotar nuestra inteligencia colectiva, pero todavía haría falta decidir los quiénes, qué personas deberían participar —y en qué condiciones— para que el proceso fuera eficaz y legítimo.

La sociedad actual sufre un notable déficit de participación porque el escalado de la gestión colectiva funciona mal. Para que el quiénes sea legítimo hay que resolver dos grandes carencias:

  • La falta de participación directa de los colectivos afectados en los organismos que se encargan de tomar las decisiones y aplicarlas,
  • La escasa calidad de los filtros de selección de representantes cuando la participación directa resulta inviable.

Y esto que afirmo para la sociedad vale por supuesto perfectamente para el mundo de las organizaciones. Entonces, para que los procesos colectivos sean eficaces y legítimos, el diseño del quiénes debe tener en cuenta estas dos dimensiones:

  • Participación representativa: que estén «los que deben estar», entendido esto en dos sentidos: a) los afectados por el problema que se intenta abordar, y b) los que poseen los conocimientos necesarios para dar con la solución. En ambos sentidos se mejora la eficacia y en el primero, además, se aporta legitimidad al proceso.
  • Participación significativa: que el colectivo afectado, aun cuando no pueda participar de forma activa a lo largo de todo el proceso, intervenga en los momentos decisivos del mismo en vez de limitarse a un rol residual o periférico. Si la gente percibe que se la invita «para rellenar», que carece de influencia real porque no puede entrar en la cocina donde se deciden las recetas, la legitimidad del mecanismo (y también su eficacia) resulta dañada.

Lamentablemente, en la mayoría de los sistemas que conozco, esas dos dimensiones fracasan. En este post voy a centrarme solo en lo que antes he llamado “participación representativa”. El segundo eje lo dejaré para otra entrada. Allá vamos…

Perfilar bien el Quiénes es un reto de inclusión y de diversidad. De inclusión porque la legitimidad depende mucho de que participen todos los tipos de personas afectadas: es clave ser empáticos en la detección de los distintos intereses y sensibilidades en juego para que estén adecuadamente representados. En este sentido, la mayoría de los sistemas de representación pecan en algún grado de ser excluyentes, dejan fuera voces significativas, bien sea por descuido o deliberadamente.

Por otra parte, resulta esencial asumir el reto de la diversidad y asegurarse de que se convoca la mezcla adecuada de competencias, conocimientos y experiencias que se necesitan para resolver un problema. Una dimensión que de nuevo suelen descuidar las empresas, por lo general poco proclives a salirse de los moldes y ser más atrevidas para abrirse a nuevos talentos, más allá de los equipos uniformes y previsibles que arman siempre con los «sospechosos habituales». Sobre este tema de la diversidad me extiendo ampliamente en el libro, y lo retomaré más adelante en otro post.  

Cuando la percepción de la legitimidad es un factor esencial para que determinada decisión sea asumida, hay que buscar por todos los medios posibles el uso de mecanismos directos, sin intermediarios. Y este es un asunto que se vuelve delicado cuando las instituciones públicas dan por cumplida esa necesidad dialogando solo con organizaciones y entidades sociales.

Francisco Jurado, experto en tecnopolítica, trata esa cuestión al plantear las diferencias entre la participación «social» y la «ciudadana». Mientras que en la primera las instituciones interaccionan con colectivos intermediarios, en la segunda se interpela directamente a los individuos afectados. Y es importante notar que esos colectivos a veces se arrogan una capacidad de representación que las instituciones no les exigen que acrediten. Por ejemplo, me decía Francisco, los colectivos LGTBI que son mayoritariamente gais se centran a veces en reivindicaciones exclusivas de ese subconjunto, como puede serlo el embarazo subrogado, que precisamente es un tema denostado entre las lesbianas. Por su parte, las organizaciones animalistas podrían, en algunos casos, plantear reivindicaciones mucho más ambiciosas que las que defendería la parte de la sociedad que abraza esa ideología y a la que en teoría representan. Además, las organizaciones, como sujetos políticos que son, tienen objetivos propios, establecen alianzas con determinados partidos o tienden redes de afinidad que —igual que su necesidad de supervivencia— pueden condicionar las agendas que llevan a sus diálogos con la Administración.

Aunque, desde luego, la participación masiva no siempre es la solución. Por ejemplo cuando la decisión es urgente o tan compleja que no puede explicitarse en unas pocas opciones claras. En estos casos se pueden crear grupos más pequeños y operativos en los que delegar la tarea, dispositivos colectivos que asumen una función de agencia. Pero es crucial garantizar que en la selección de esos agentes no se empleen filtros disfuncionales, bien porque no reflejen las características del colectivo al que representan o bien porque persigan intereses ilegítimos. En tales casos se trataría de una delegación fallida, un problema tristemente muy extendido en el diseño de nuestras democracias.

Voy a seguir insistiendo en la inclusión, y para eso usaré un ejemplo. La socióloga Francesca Cañas me contó que hace muchos años, al renovarse una sala del antiguo hospital en el que ella trabajaba, se constató que por las puertas pasaban las camillas vacías, pero no las ocupadas por los pacientes que regresaban de los quirófanos con el dispositivo para el gotero fijo, que añadía a su anchura algunos centímetros. El hospital había creado varias comisiones para asesorar al arquitecto, pero todas estaban formadas por mandos intermedios y a nadie se le ocurrió incluir a un camillero, que son precisamente los profesionales que lidian en sus rutinas con las limitaciones de espacio. Ese error obligó a tirar parte de los tabiques para ampliar los huecos y a cambiar las puertas. Para que estas cosas no pasen es esencial asegurarse de que «están todos los que deben estar», o sea, de que el ejercicio colectivo implique a todas las partes afectadas por el reto.

Es esencial que se entienda que la capa de inclusión no solo aporta legitimidad, sino también eficacia. Las personas que ocupan los márgenes del espectro social, además de tener el derecho de participar en la búsqueda de soluciones a los problemas que les afectan, están en condiciones de hacerlo muy bien porque los entienden, dado que son quienes más sufren sus efectos. Por añadidura, no solo aportarán buenas ideas, sino que al participar ya estarán comprometiéndose a implementar las soluciones.

NOTA: La imagen de la entrada es del álbum de 377053 en Pixabay.com. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de “suscribirse por mail” que aparece en la esquina superior derecha de esta página. También puedes seguirme por Twitter o visitar mi blog personal: Blog de Amalio Rey. Si estas interesado/a en saber más sobre el “El Libro de la Inteligencia Colectiva“, tienes toda la información en este enlace.

Experto en lnteligencia Colectiva y creación de redes y ecosistemas de innovación. Se dedica al diseño de arquitecturas participativas y al escalado eficaz de estos procesos. Autor del Canvas del Liderazgo Innovador, facilita proyectos e imparte formación sobre Design Thinking, Inteligencia Colectiva, Hibridación, Co-Skills, Co-Creación, y Ecosistemas 2.0 para innovar. Lidera proyectos de Arquitectura de la Información, redacción-web y diseño de contenidos digitales sobre innovación. Twitter: @arey Blogs: www.amaliorey.com y https://www.bloginteligenciacolectiva.com/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.