Comunidades autogestionadas: la espera que desespera

tiempo al tiempo

Uno de los grandes retos de los procesos colectivos es entender que los resultados no llegan rápido, que hay que tener paciencia para que empiecen a notarse y que implican mucho más trabajo que si una tarea se aborda siguiendo el enfoque del puñado de expertos pensando desde un despacho.

Hablaba el otro día con una persona de una institución amiga de lo sorprendidos que estábamos de los avances de una comunidad de innovadore/as con la que trabajamos desde hace un tiempo. Ella me decía, con toda razón, que le costaba entender cómo sus miembros habían sido capaces de llegar hasta el punto actual, que destila tan buenas sensaciones. Y reconocía que acompañar y apoyar a esta comunidad era de las cosas más difíciles que había hecho en su dilatada carrera profesional.  

Recuerdo que empezamos con un grupo de personas con muchas ganas pero totalmente disperso. Encajar las piezas producía un enorme desgaste. Eso hizo, tal vez, que interviniéramos demasiado para intentar corregir el rumbo cada vez que se producían crisis. Y eso era algo que ocurría a menudo. No parecía haber ningún avance y muchos miembros abandonaron. A primera vista, tenía toda la pinta de ser un proyecto condenado al fracaso. Sin embargo, un grupo motivado siguió adelante, continúo aprendiendo de los errores y del feedback positivo, lo que le sirvió para desarrollar las capacidades que necesitaba. La institución los apoyó sin ambages, con un gran esfuerzo e implicación personal de algunos técnicos y directivos, y esto completó el círculo virtuoso que energizó a la comunidad hasta lo que es hoy: un jardín muy prometedor que en nada se parece al solar caótico, plagado de arbustos de zarza por desbrozar, que vimos al principio.       

Siempre digo que las comunidades que funcionan bien, o sea, las autogestionadas, operan como ecosistemas bien engrasados, que es algo que tarda en cuajar. Y un “ecosistema” lo es cuando surge y se mantiene en funcionamiento de forma autónoma, con el mínimo aporte de energía externa (entiéndase, subvenciones, o instituciones empujando). Para que eso ocurra, resulta clave que las conexiones sean naturales, no forzadas. Esa deseada autonomía -y sostenibilidad- solo se logra cuando la comunidad encuentra su sitio, lo que significa dar respuesta a las necesidades genuinas de sus miembros, y no a caprichos, ni ocurrencias de implantadores.

Esa búsqueda del sitio singular, valioso, que justifica invertir esfuerzos personales en una iniciativa comunitaria, no es algo que se consigue con prisas. El hecho de que hoy, en la comunidad a la que me refiero, haya tanta gente motivada y sacando tiempo (que no tienen) de su trabajo para dedicarlo a proyectos concretos, es el resultado de mucha prueba-y-error, de experimentar con distintos encajes, hasta dar con el adecuado.

Si tuviera que extraer alguna lección de esto, sería esta: “si quieres ir rápido, ve solo/a, pero si quieres ir lejos ve acompañado/a”… pero sabiendo que irás mucho más lento. Uno de los grandes retos de los procesos colectivos es entender que los resultados no llegan rápido, que hay que tener paciencia para que empiecen a notarse y, también, que implican mucho más trabajo que si una tarea se aborda siguiendo el enfoque del puñado de expertos pensando desde un despacho.

El estrés por los resultados (inmediatos) puede hacer que una comunidad no se dé el tiempo que necesita para que aflore el jardín. Hay que sembrar y sembrar, corregir y corregir, hasta que se crean las condiciones que desencadenan el círculo virtuoso del efecto red. Por el camino se cometen muchos errores, parece que nada funciona, y esa es la razón de por qué una de las habilidades que más conviene desarrollar entre los miembros es la tolerancia a la frustración.  

Según mi experiencia, el trabajo duro es de inversión inicial, que puede durar meses o años, pero una vez que se consigue “crear la plataforma”, una estructura y orden autogestionado que nutre el espacio de juego como un fértil arrecife, el ecosistema se gestiona solo adoptando un modelo de mantenimiento distribuido. Una vez que se alcanza cierta masa crítica y cala un conjunto básico de rutinas de autogestión que aporten orden, se produce lo que a mí me gusta llamar un “efecto-turbo” que da gusto 🙂

Ya hice un elogio a la paciencia en un post que escribí allá por noviembre de 2011. En él decía que vivimos en una sociedad del espectáculo abonada al lenguaje binario del éxito/fracaso. Eso hace que se juzgue la eficacia del esfuerzo solo a base de réditos a corto plazo: ciclos cortos, recompensas continuas y olvídate de aquello de “haz lo correcto, aunque tardes más”. Tal como yo lo veo -y ahora me pongo en modo abuelo cebolleta– tanta impaciencia no solo obedece a las presiones de la vida moderna, sino también a una alarmante falta de cultura del esfuerzo. La prueba está ahí: los manuales con atajos y trucos para hacer-más-en-menos-tiempo copan siempre los primeros puestos de los éxitos de venta.

Los costes sociales (y personales) de tanta prisa se pagan caros. Citaré solo tres consecuencias que penalizan el timing pausado que demanda la creación de una comunidad saludable:

  • La gestión de la diversidad no es viable en un entorno marcado por la presión resultadista porque es una cuestión de proceso, de tejer complicidades, y eso necesita una cadencia mínima que la impaciencia no respeta
  • La coherencia se lleva fatal con la ansiedad porque se pone a prueba en las distancias largas y en situaciones de frontera, en esos dilemas que solo se gestionan bien desde el sosiego y el autocontrol
  • Resulta imposible construir confianza a base de prisa, porque la confianza es hija de la consistencia, y de una experiencia compartida en el tiempo.

También he hablado en esta casa de poner en valor a la espera, no precipitarse, porque el desafío consiste en aprender a esperar mientras se invierte con criterio en las raíces. Si, como dije, vivimos en una sociedad que ofrece recursos de todo tipo para minimizar los tiempos de espera, practicar una espera amable, elegante, “aceptando el curso natural de las cosas”, dice mucho y bien de las personas, porque saber esperar que llegue el momento adecuado es posiblemente una de las capacidades más importantes que se pueden adquirir en la vida. Esa es también una habilidad bastante ausente en la cultura de las instituciones.

La construcción de lo colectivo, repito, demanda eso: paciencia, perseverancia y confianza. Además de diseñar bien los procesos -cosa en la que insisto mucho-, hay que saber gestionar las expectativas para que ese “estrés por los resultados”, que comenté antes, no nos lleve a abandonar de forma precipitada un proyecto de comunidad que -con su debida cadencia- podría llegar a buen puerto. Si no se entiende que lleva mucho más trabajo (y tiempo) construir una red desde abajo, es difícil que lleguemos a ver ejemplos como el que me sirvió de inspiración para escribir esta entrada.

NOTA: No he sido capaz, por mucho que he buscado, de dar con el autor del dibujo que uso de imagen para la entrada. Siempre me gustó esta viñeta, y quería citar al dibujante. Si alguien sabe quién es, agradezco la pista para poder nombrarle aquí. Si te ha gustado el post, puedes suscribirte para recibir en tu buzón las siguientes entradas de este blog. Para eso solo tienes que introducir tu dirección de correo electrónico en el recuadro de “suscribirse por mail” que aparece en la esquina superior derecha de esta página. También puedes seguirme por Twitter o visitar mi blog personal: Blog de Amalio Rey.

Experto en lnteligencia Colectiva y creación de redes y ecosistemas de innovación. Se dedica al diseño de arquitecturas participativas y al escalado eficaz de estos procesos. Autor del Canvas del Liderazgo Innovador, facilita proyectos e imparte formación sobre Design Thinking, Inteligencia Colectiva, Hibridación, Co-Skills, Co-Creación, y Ecosistemas 2.0 para innovar. Lidera proyectos de Arquitectura de la Información, redacción-web y diseño de contenidos digitales sobre innovación. Twitter: @arey Blogs: www.amaliorey.com y https://www.bloginteligenciacolectiva.com/

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