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El Blog de Inteligencia Colectiva

¿Cómo esperas que la gente común entienda temas complejos?

Ensayos de Nicholas Carr, Andrew Keen, e incluso, en cierto grado, de Evgeny Morozov o del reconvertido Jaron Lanier, exploran puntos de vista que pueden calificarse de elitistas, y se cuestionan abiertamente que “lo colectivo” sea algo viable o saludable. A pesar del fuerte pesimismo que destilan, estas voces discordantes son positivas porque obligan a reflexionar sobre los riesgos de entender la Inteligencia Colectiva, y el cambio tecnológico mismo, desde una perspectiva acrítica.

El filósofo José Antonio Marina se hacía, en noviembre de 2014, estas preguntas premonitorias: “¿De quién se fiaría usted más, de un jurado o de un juez? Si se debate entre una política económica de austeridad o de expansión. ¿En quién confiaría? ¿En una votación popular? ¿En un grupo de expertos?”

Una crítica habitual y legítima que se hace a los procesos de consulta colectiva es, y cito literal, que la gente común no sabe”, así que es un error preguntarle sobre temas complejos y menos aún hacer depender una decisión crítica de personas que opinan desde el desconocimiento. El corolario ya lo conocemos: se necesitan expertos y profesionales”. Este me parece de los temas más complejos y fascinantes de la Inteligencia Colectiva, y confieso que me está costando diseccionarlo de un modo sereno, sin caer en sesgos de juicio.

Lo anterior me lleva inexorablemente al Referendum griego. Voy a examinar el dilema “Colectivo vs. Expertos” usando como referencia el caso heleno, con independencia del desenlace político que ha tenido después, que no debe deformar el rigor técnico de la reflexión que voy a hacer. También evitaré entrar en otro debate igual de interesante, y es el que se pregunta si “lo popular” ha de ser interpretado por definición como una señal de falta de calidad. Steven Johnson, con su “Everything Bad is Good for You” (2005), pone en tela de juicio muchos prejuicios al respecto cuando examina el valor de la cultura pop moderna, pero dejo esta cuestión para otro post porque es demasiado compleja para que quepa en este.

Ante la disyuntiva que plantee antes, un enfoque es confiar en la visión tecnocrática que cree que las decisiones en estos casos las debe tomar el equipo de gobierno, porque su autoridad ya está legitimada por las urnas y cuenta con el apoyo de expertos que entienden bien el problema. Esta postura, que es la que defiende el Eurogrupo, parece ver a la opinión pública como un peligro que hay que evitar porque se conforma de personas no informadas que tienden a basar sus juicios en miedos irracionales. Según este enfoque, sólo los expertos estarían capacitados para evaluar la complejidad de riesgos y beneficios implicados en el problema. Pero claro, los expertos (y el propio Eurogrupo) también tienen sus propios miedos, y la economía tiene mucho de política, con fuertes sesgos ideológicos, así que es normal que la ciudadanía pueda desconfiar de la supuesta fiabilidad de los expertos y también, de la imparcialidad de las instituciones que hablan en su nombre.

El ex-ministro de finanzas griego, Yanis Varoufakis, contaba en su blog lo que pasó el 27 de junio de 2015 en la reunión del Eurogrupo y las reacciones que produjo en el resto de los participantes la decisión de su gobierno de convocar a un Referendum para consultar al pueblo griego si estaba de acuerdo en aceptar las condiciones establecidas por la Eurozona para continuar el rescate a su economía. Explicaba Varoufakis que “la mera idea de que un Gobierno consulte a su pueblo” fue tratada con “incomprensión, y a menudo con un desdén cercano al desprecio”, llegando a ser cuestionado con esta pregunta: “¿Cómo esperas que la gente común entienda estos complejos asuntos?“.

Esa pregunta es tan cínica como pertinente, porque refleja muy bien uno de los conflictos a los que se enfrenta buena parte de los procesos de reflexión colectiva: el viejo dilema entre fiabilidad y legitimidad. Asociar fiabilidad a la opinión de los expertos puede ser suponer mucho porque no es necesariamente así, pero en principio parece lógico que un problema técnicamente muy complejo necesite ser consultado a profesionales para que la respuesta sea fiable. Al mismo tiempo, si la receta o solución que proponen esos profesionales afecta (beneficia o perjudica) a un conjunto amplio de personas no-expertas, también es natural que, como sugiere el caso de Grecia, esas personas tengan algo que decir, y se pretenda preguntarles si están de acuerdo en aplicarse esas recetas.

El supuesto desconocimiento o ignorancia de “la multitud” dependerá de la naturaleza del reto a resolver. Una persona puede estar incapacitada para opinar sobre la solución de un problema estadístico complejo si no tiene una buena formación en estadística; pero en cambio, tener un juicio válido para evaluar el impacto de esa estadística en su calidad de vida. En la crisis griega hay detalles técnicos relevantes que sólo pueden discutirse con propiedad entre expertos, pero también premisas básicas que implican juicios éticos y sociales que podrían consultarse a la ciudadanía, sobre todo porque fijan el marco estratégico de qué tipo de itinerario elegir para intentar salir de la crisis. Primero la estrategia, y después la operativa de fijar números.

El Referendum griego, como se sabe, dejaba la decisión en manos de un mecanismo de agregación colectiva basado en la mayoría, en vez de aplicar el filtro tecnocrático de confiarla a un equipo de expertos que hiciera su trabajo basándose estrictamente en el rigor de un análisis que explorara los pros y los contras de aceptar o rechazar la propuesta del Eurogrupo. ¿Qué opción es mejor?

Una forma de abordar esa pregunta es revisar los cuatro requisitos que fija James Surowiecki en Wisdom of Crowds para que la sabiduría colectiva funcione eficientemente. Las dos alternativas que estamos proponiendo en este caso son colectivas pero con importantes diferencias. El Grupo de Expertos (o el propio gobierno griego) es un grupo a pequeña escala y está formado por unos miembros elegidos por algún mecanismo. El Referendum, por su parte, es una consulta a gran escala y los opinantes se auto-seleccionan porque participa quien quiera. El ejercicio que propongo hacer es revisar en qué medida cada opción cumple mejor, técnicamente, los cuatro requisitos de Surowiecki:

  • DIVERSIDAD: El primer requisito de “diversidad” sugiere, en el caso griego, que no hay forma de conseguir una muestra más diversa de participantes que el propio universo de la ciudadanía. Cualquier mecanismo de selección de expertos introduciría sesgos y condicionaría en algún grado la diversidad de la muestra. Retomo este tema más adelante.
  • DESCENTRALIZACIÓN: Este segundo requisito explica en qué medida el poder de decisión se ha transferido realmente a los participantes o, dicho más sencillo, si se consigue anular el efecto controlador de las jerarquías. Lo más lógico es pensar que también el Referendum se comporta de forma más eficiente, porque la escala de participantes es tan grande (y el uso que hace cada uno de información local) que resulta prácticamente imposible filtrar los puntos de vista. La opinión en un Referendum no pasa por ningún filtro que pueda ser “centralizador”, porque se concreta mediante un voto que es individual, directo y secreto. Es cierto que el panel de expertos también podría operar siguiendo pautas de funcionamiento descentralizadas, anulando cualquier intento de presión vertical, y sus miembros (si están bien elegidos) estarían capacitados para acceder en su investigación a sus propias fuentes (no necesariamente a las que se decidan desde un prescriptor central); pero aún así parece improbable que esta fórmula “descentralice” mejor que el ejercicio soberano del voto por millones de electores.
  • AGREGACIÓN: El tercer requisito es que exista un mecanismo de “agregación” para traducir las opiniones individuales en un juicio colectivo. El Referendum utiliza el sistema de mayorías y su transparencia está en principio fuera de duda. Está por ver qué mecanismo usaría el Grupo de Expertos para agregar, pero dudo que las decisiones políticas vinculadas al gobierno griego o al Eurogrupo se tomen con la democracia y transparencia de, por ejemplo, el sistema de los jurados, o sea, que se adopte siempre el punto de vista mayoritario. Tampoco está claro que en todos los casos éste sea el mejor mecanismo.
  • INDEPENDENCIA: Este último requisito mide en qué grado los participantes construyen su opinión basándose en su propia información, o sea, no dejándose llevar por otros. Aquí el análisis se complica bastante. Surowiecki entiende por “independencia” que se pueda aislar a los opinantes para que no se influyan mutuamente. Esto parece imposible en ambas opciones porque siempre habrá interacción social entre ellos y por tanto algún tipo de influencia, sean expertos o electores; así que es ingenuo pensar que esa independencia pueda garantizarse en alguno de los dos casos. De hecho, tengo claro que es bastante discutible que la interacción sea mala per se, como predica el periodista norteamericano. Hay teorías para todo, pero me inclino a pensar (con todas las matizaciones que merece esta afirmación) que los expertos tienden a ser menos vulnerables a dejarse influir por los demás que la ciudadanía común. Creo que en un contexto de interacción social, y por lo tanto de imposibilidad de que se dé en sentido puro el criterio de “independencia” de Surowiecki, los expertos son más independientes (menos propensos a comportamientos gregarios) a la hora de formarse una opinión que el votante de un Referendum.

Claro, respecto del último punto, hay un tema que habría que añadir, y es cómo han sido elegidos esos expertos o “sabios” que van a decidir en nombre de los demás, porque si la muestra contiene sesgos significativos, la interacción entre ellos puede acrecentar la desviación de fondo, que es en realidad un problema de falta de “diversidad”, el primer requisito de Surowiecki. Lo que quiero decir es que si el grupo de sabios es suficientemente diverso, o sea, con una composición que se aproxime estadísticamente a la de la población que representa, la interacción entre ellos no entrañaría en principio un riesgo de pérdida de independencia porque no propaga ningún sesgo de base. De todos modos y siendo realista, siempre le queda a uno la duda de que sea posible implementar un mecanismo de selección de expertos tan neutral y eficiente, algo que queda resuelto con la opción del Referendum porque la participación es libre.

Este último argumento quizás convierte a la consulta colectiva, al Referendum, en un mecanismo imbatible cuando la legitimidad es un factor crítico en la eficacia de una decisión. Si éste es un elemento importante, y lo es en democracia, la gente que va a sufrir las consecuencias de una decisión tiene que participar en ella. Y si el tema es complejo, como era el caso, el deber de la política es explicarlo de un modo en que se entienda por una parte significativa de la sociedad, porque sin inclusión, no hay democracia.

Pero como siempre, el diablo está en los detalles, y todavía uno podría seguir preguntándose hasta el infinito si es posible traducir a un lenguaje llano, de no-expertos, un problema tan complicado como la gestión de la crisis macroeconómica griega o si, incluso, esa reinterpretación o simplificación no puede contener en sí misma tanta deformación de la realidad como la que se le supone, con buen criterio, al sesgo de los expertos. En fin, como ves, la discusión sigue abierta, aunque yo me incline más por un tipo de mecanismo de decisión….

Nota: La imagen del post pertenece al álbum de Kartikay Sahay en Flickr

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Comentarios (10)

  • Hola Amalio,

    te leo desde hace tiempo y creo que esta es la primera vez que comento. Y es porque al leer tu artículo inmediatamente pensé en algo que leí en los estudios de master. Se trata de la ciencia posnormal de Funtowicz y Ravetz, que en 1993 proponían una metodología de investigación (y las tomas de decisiones posteriores) que tenía en cuenta la ingertidumbre y los riesgos de la decisión y que viene muy al caso. Factores inciertos, valores en disputa, riesgos altos y decisiones urgentes son elementos totalmente opuestos a los que podemos encontrar en el campo de juego de la ciencia aplicada y por tanto no podemos actuar de la misma manera.
    Gracias y un saludo

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  • Complejísimo asunto y casi irresoluble porque supongo que habría que ir caso por caso buscando la dosis adecuada de cada uno de los dos ingredientes. Además, en el caso de lo colectivo, hay que tener en cuenta otra variable: el bombardeo mediático que condiciona, seguro, su toma de decisión individual, ¿no?

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  • Me voy a expresar mejor. Personalmente suelo echarme pa’trás cuando escucho “el óptimo” así que yo tampoco esperaba mi mucho menos alcanzarlo en el caso concreto que tratamos. Y sobre la aportación de la ciencia posnormal al debate, sin irme por los cerros de Úbeda, concreto que en casos donde el nivel de incertidumbre, incluso ética, y de lo que se pone en juego es alto, la ciencia aplicada y la consultoría profesional no pueden dominar la estrategia de resolución de los problemas (aunque tomen parte en algunas de sus aristas) porque simple y llanamente no son capaces de responder a todas las preguntas. Enlazando con lo que dicen el resto de comentaristas, no se trata de que desaparezcan los/as científicos/as y expertos/as sino de cambiar su papel tomando conciencia de sus limitaciones en vez de pensar tanto en las del “pueblo”. Por cierto, totalmente de acuerdo con lo dicho por Alfonso Vásquez.
    Y gracias por el resumen, Amalio. Ya había visto el fb pero para contrarrestar preferí escribir aquí y aún lo hago.

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  • Hola Amalio, este artículo me ha llevado a una reflexión que he mantenido durante los últimos cuatro años, en los que he compatibilizado mi trabajo como consultora y mi cargo de concejala de participación ciudadana en un ayuntamiento de más de 80.000 habitantes.
    Primero comencé con la idea de que para poder hacer operativos los órganos de participación (asambleas de barrio, comisiones, consejo de ciudad…) era necesaria una pedagogía ciudadana, es decir poner los datos en lenguaje accesible, para de ese modo facilitar la comprensión necesaria para que un vecino o vecina se incorporase con criterio al proceso.
    Pero hacía falta algo más…
    Y ese algo más tenía que ver con la pedagogía interna de los que fabrican los datos, los que los ocultan a veces de manera intencionada al ojo no entrenado.
    Esto es más difícil, siempre hemos dicho que la información es poder y la democratización de la información trae consecuencias.
    Y por otro lado, los contaminantes de los procesos de participación: falta de representatividad, polarizaciones, bombardeo mediático, falta de independencia…
    Después de estos cuatro años de concejala, he vuelto por entero a mi profesión, la consultoría artesana y te aseguro que la reflexión no para. Gracias de nuevo por este artículo por recordarnos los cuatro requisitos de Surowiecki.
    Un saludo

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