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septiembre 2015

El psicólogo Irving Janis acuñó el término de “Groupthink” o “Pensamiento de Grupo” para explicar aquellas situaciones en las que las personas adoptan, se acomodan a, la opinión del grupo aunque no coincida con su punto de vista individual. Cuando eso ocurre, aumentan las probabilidades de que el grupo actúe de forma poco inteligente y desemboque en comportamientos que suelo llamar de “estupidez colectiva”. En un post anterior de este blog (“Wiser, Groupthink y el Mínimo Común Denominador”) ya hablé de este fenómeno tan conocido, y recomendé el libro Wiser, de Cass Sunstein y Reid Hastie, porque aporta buenos argumentos para comprender cómo funciona el Groupthink, y también qué estrategias seguir para atenuar sus efectos. En él se explica cómo a más cohesión, más dependencia del individuo al grupo, lo que le lleva a minimizar el conflicto y buscar el consenso de forma precipitada sin una evaluación crítica de los puntos de vista alternativos. Por aportar un poco de orden al asunto, diré que la gente silencia información relevante o prefiere cambiar de opinión que plantar cara al grupo por el efecto combinado de dos factores: Presión informacional: Es la que se origina al ver que la mayoría coincide con un determinado punto de vista, lo que les lleva a pensar que no es posible que tanta gente esté equivocada. Presión social: La que se produce por la necesidad de ser aceptados por el grupo y un espíritu de tribu que empuja a evitar el conflicto. La “presión informacional” hace que las personas terminen ignorando su punto de vista, su información privada, y se dejen llevar por la opinión colectiva. El resultado es que cambian su visión del problema porque creen que el grupo tiene razón. Pero la “presión social” funciona de forma distinta. Las personas siguen pensando que están en lo cierto pero silencian su discrepancia para evitar sanciones, riesgos personales o la simple desaprobación social. A veces lo hacen por no hacer perder más tiempo al grupo dado que cuestionarse cosas puede ralentizar el proceso y no quieren sentirse culpables de eso. A menudo esa actitud obedece a que hay un líder autoritario que ya ha anticipado su punto de vista, y prefieren no discrepar con él porque cuando las consecuencias de disentir son costosas hay grandes incentivos para converger. La potencia percibida de esas señales (y su capacidad de propagación) dependerá, en principio, de cuantas personas siguen la preferencia mayoritaria